¿una mañana cualquiera?

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Suena el despertador, pero remoloneo un poco más en la cama. No en vano, me siento cansada. ¿Por qué será? Sonrío ante este pensamiento y me doy la vuelta, dando la espalda al reloj de la mesita de noche.

Cinco minutos después, es la alarma de mi móvil la que suena, pero vuelvo a ignorarla. Es más, ni siquiera me esfuerzo en apagarla: la dejo que siga sonando. No quiero dormir, me conformo con descansar apenas unos minutos, antes de enfrentarme al nuevo día que se avecina.

Pasa un rato, no sé muy bien cuánto, aunque me lo puedo imaginar. Es entonces cuando una voz femenina familiar me arranca de mi ensoñación, echándome en cara lo tarde que es, lo tarde que voy a llegar al trabajo, etcétera, etcétera, etcétera. Me giro despacio, con pereza al principio, pero no me queda más remedio que levantarme por fin.

Me dirijo al cuarto de baño y me lavo la cara (a ver si así me despejo), hago mis necesidades en el inodoro, tiro la cadena y me lavo las manos. Después, todavía algo adormilada, me encamino hacia la cocina y saludo a la propietaria de mis reproches matinales, quien está preparando ambos desayunos: el suyo y el mío.

Regreso al aseo, ante su insistencia para que me duche mientras ella termina, con el fin de no demorarme tanto. Remarca las tres últimas palabras de su frase. Por el tono de su voz, a pesar de que aún estoy medio dormida, puedo adivinar su enfado.

Me quito el pijama de algodón que suelo ponerme y las braguitas. Después, recojo mi cabello en una coleta y me acomodo el gorro de ducha. He de admitir que me siento un poco ridícula, pero viene bien para no mojarme el pelo cuando no tengo tiempo para lavármelo.

Me enjabono por cada rincón de mi cuerpo, haciendo especial hincapié en las axilas (no hay que olvidar que es verano y se suda más), los pies y otras partes más íntimas no visibles al público en general.

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